Ir al contenido principal

El bosque de los malditos

Nunca hablarás,
pues las palabras se clavaron en tu cuello,
amor mío, perderás,
si por lo seguro sacrificas lo bello.

Y manzanas del caos horripilantes
moldean la tierra en la que vivo.
Y los monstruos de poderes menguantes
dejan de torturarme mientras escribo.

Y me pierdo en un bosque frondoso
sumido en el éxtasis más primitivo,
y sé que estoy perdido, mas nunca lo digo,
lo creas o no, tú también, amigo,
no desesperes, sé cuidadoso,
aun no sabiendo jugar, podemos ganar el partido,
aun yendo a morir, disfrutaremos de lo vivido.

Mira al cielo, ¿Qué ves?
Humo blanco,
sorpresa de tanto e tanto,
digo la verdad, no me crees,
si tengo frío, me niegas un manto.

Vomita culebras
de lengua viperina,
oro blanco de las tinieblas,
santa y bendita cocaína,
dueña del mundo y de sus quiebras,
dueña de mortales obtusos
y de sus innumerables mierdas.

Ave rapaz que consume
todo aquello que en el bosque se pierde,
escóndete, antes de que se acuerde
de que tiene poder sobre lo que nos une.

Blanco deseo de la nada,
atrapado me encontré,
sordo, ciego, persiguiendo un hada.
No sé cómo escapé.

No sé si podría volver a hacerlo,
maldito bosque,
no quiero volver a verlo.
No voy a esconderlo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cómo cambié mi divinidad por una manzana.

Quien me conoce sabe que soy muy aficionado a viajar. De todas las maneras, por cualquier excusa. Viajar da una nueva perspectiva, crea anécdotas maravillosas con las que enriquecer tu vida y la de los demás. Esto que os voy a explicar es mi último viaje. No contaré los detalles que me llevaron hasta ello. Mi viaje empieza a los 20 minutos de que aquél hombre sabio me diera ese brebaje. Me tumbé en mi cama y me desmayé. De repente me vi a mí mismo en un aeropuerto. Normalmente con la euforia de querer subir al avión para ver qué deparará el futuro, poca gente suele girarse para ver lo que deja atrás. Yo ya cometí ese error, así que esta vez miré atrás para ver bien de qué me despedía. Era yo. Y también estaba yo. Y yo también. Y también yo. Eran todas las versiones de mí que han existido antes de cada evento de mi vida que me marcó. No pude evitar llorar. Y me hablaron. Cada uno con la personalidad que tuve en aquél entonces. Algunas irritantes, otras demasiado inocentes. No pude más q...

Fumar

Quiero encerrarme en mi cuarto y fumar, quiero llenarlo todo de humo, espeso y denso, donde me pueda ocultar, y de todos los males, no ver a ninguno. Ocultarme de falsos jueces, de patriotas y otras idioteces. Que la igualdad sea ley, pues en la niebla sólo somos sombras, muere la autoridad cuando me nombras mas no habrán ni súbditos ni rey. Ocultar la pobreza, que tus lágrimas sean de irritación por el humo, y no de angustia, miedo o tristeza, que no se pongan en duda mi inteligencia y destreza sólo por lo que pienso, soy o consumo. Ocultar tu egoísmo disfrazado de preocupación, ocultar tus ganas de ser protagonista en cada ocasión, que tus miedos se vean borrosos, que la niebla tape tu propia traición, que nuble el sol que alimenta pensamientos horrorosos, que asfixie a aquellos que se alzan victoriosos porque pisan al resto, no por gestos gloriosos. Mundo perfecto, donde no se pueda ver, pero sí sentir, me parece correcto, fumar no es solo placer, también es vivir. Tarde o temprano,...

El ciervo y el leñador.

 Érase un leñador que desayunaba cada día en el porche de su casa, en el bosque, viendo a los ciervos comer, mientras tomaba su café, desnudo. Le encantaba observar con qué libertad brincaban, comían... nunca se acercaba a ellos, puesto que sabía que saldrían corriendo. No quería molestarles. Tenía miedo de que no volviesen. De entre toda la manada, había un ciervo que le cayó en gracia. Sus ojos le parecían los más bonitos que había visto. A veces se quedaba varios minutos mirándole fijamente mientras sonreía. En algunas ocasiones, creyó ver que el ciervo le devolvía la sonrisa. Un día, como otro cualquiera, salió con su taza de café a desayunar mientras veía a los ciervos. Puntuales como siempre. Pero no pudo ver al ciervo de los ojos bonitos. "Qué raro" pensó, aunque no le dio muchas vueltas. Al poco, vio a un hombre desnudo salir del bosque. Su figura era esbelta, un cuerpo perfecto, músculos definidos, piel suave, una cara preciosa, y unos ojos grandes e hipnotizantes, a...